La caída de Aizu, la leyenda de los Byakkotai y el ritual del Seppuku

Una de las cosas más bonitas del mundo, sin duda, es escribir. Aprovechando un fragmento de un libro que estoy escribiendo, quería dedicar este post a describir uno de los actos más llamativos, a ojos de los occidentales, de la cultura Japonesa pre-Meiji: el Seppuku (o Harakiri, aunque esta palabra se considera vulgar).

El fragmento del libro corresponde al capítulo 4, y describe la caída del castillo de Aizu, la leyenda de los Byakkotai y el ritual del seppuku.

Espero que os guste…

Iván García Sensei

comillas abiertas

Mutsuhito se sabía en la cumbre de su poder. Los señores de la guerra, los shogunes, le tenían desconsiderado porque no era un guerrero como ellos, y eso podía suponer una ventaja si se conducía con inteligencia. Además el príncipe tenía una aguda inteligencia que le sirvió para interesarse por la nueva tecnología que provenía de Occidente, totalmente desconocida para el Japón de los Samurái. Y para colofón, los engreídos shogunes se oponían a la apertura de occidente, con lo que las grandes potencias de occidente vieron en Mutshuito a un gran aliado para el comercio.

El general del ejército del príncipe se mostraba exultante ante los acontecimientos.

- No me cabe duda mi señor de que sólo queda un pequeño reducto rebelde en el feudo de Aizu, y parece que las últimas noticias son que el clan Matsudaira ha rendido el castillo, y sus vasallos han sido pasados por la espada. La victoria frente al Shogunato es definitiva y vuestro poder se consolidará en todo el territorio.

- Está bien, retiraros.

- Mi señor, antes de retirarme querría complaceros con un nueva noticia.

La guerra había sido dura y había desgastado notablemente las fuerzas del enfermizo príncipe. Primero formar un ejército en secreto, segundo dotarlo de armas modernas y luego, lo más tedioso, llegar a un acuerdo por el que su ejército estaría bajo las órdenes de un grupo de oficiales de Francia y Alemania, países siempre ávidos de intereses económicos con la nueva apertura de Japón.

Al parecer la última batalla a la que hacía referencia su general había sido especialmente difícil, e incluso un tanto emotiva. Pero ahora tocaba sobreponerse a lo sucedido e iniciar los trámites para el traslado de la capital a la que sería la nueva Tokio.

Las tropas de Mutsuhito habían avanzado contra el Castillo Aizuwakamatsu en octubre de 1868, donde los hombres del Clan Matsudaira y sus vasallos escogieron sus mejores armaduras, se perfumaron el pelo, compusieron un pequeño poema-testamento que llevaron consigo en la batalla, fijaron el símbolo de su familia en el peto de su armadura para hacerle honor durante la batalla hasta el momento de su muerte, las mujeres empuñaron la naginata, los jóvenes y niños los yari.

leyenda

Tras la muerte de los cabeza del clan Takeda encargados de la seguridad del castillo, los Byakkotai, los jóvenes guerreros del “cuerpo del Tigre Blanco”, fueron a la colina de Iimori habiendo perdido una escaramuza en Tonokuchihara y para prepararse para el próximo ataque. Desde allí vieron el desastre, el castillo estaba envuelto en humo y los muertos se veían por doquier. Mujeres y niños habían sido masacrados, y no quedaba ningún indicio de vida en los alrededores. Sadakichi Linuma, uno de los jóvenes, hijo de un samurái respetado, y venerado por sus compañeros tras la batalla que había tenido lugar en Tonokuchihara fue quien rompió el silencio:

- No hemos cumplido con la palabra empeñada. Nuestro cometido era defender los intereses y preservar la seguridad de nuestro señor y no lo hemos conseguido. Es pues para mi necesario que convengamos en realizar el Seppuku para purgar nuestra falta y morir con honor y gloria.

El notable samurái, con tan sólo 17 años, se expresaba como si sus palabras brotaran de una estatua de mármol. El resto de guerreros, con el miedo reflejado en sus rostros no pudo sino asentir ante el espectáculo que tenían ante sus ojos. Habían fracasado.

En una orgía de sentimientos, el honor se sobrepuso al resto, y los 19 guerreros empezaron los preparativos del seppuku ante la impasible violencia del fuego que se oteaba a lo lejos. Sodakichi decidió componer un último poema de despedida al dorso de su abanico de guerra:

幾人の 涙は石にそそぐとも その名は世々に 朽じとぞ思う

Ikutari no namida wa ishi ni sosogu tomo sono na wa yoyo ni kuji to zo omou

“No importa cuánta gente lave estas piedras con sus lágrimas, estos nombres no se desvanecerán nunca de este mundo.”

* en realidad este poema lo escribió el propio Matsudaira Katamori en honor de los Byakkotay y quedó inscrito en un monumento erigido en honor a la “Unidad del Tigre Blanco”.

Los guerreros se situaron de rodillas en la posición de seiza, con mano firme abrieron sus kimonos dejando que las mangas quedaran bajo las rodillas para impedir que sus cuerpos cayeran indecorosamente hacia atrás al sobrevenirles la muerte. Acto seguido, una hoja de papel de arroz hacía de protección contra el contacto de la sangre que, indudablemente, resbalaría a través del tanto (daga).

seppuku

El tanto entró por el lado izquierdo de los seppukinin con el filo hacia la derecha, la sangre comenzó a brotar y el dolor se hacía insoportable pero aquí no terminaba el ritual. Con mano temblorosa pero con intención firme los guerreros cortaban sus vientres abriendo sus tripas hacia el lado derecho del abdomen. Luego, en un horror inenarrable el seppukinin volvía con el tanto hacia al centro para cortar con un corte vertical hasta el esternón.

En éste punto sólo Sodakichi permanecía atento al sufrimiento de sus compañeros pues le había tocado, por elección general, ser el Kaishakunin. Aquel que terminaría cortando la cabeza de los seppukinin para dar fin al sufrimiento.

Sodakichi se acercó a Shinoda Gisaburo, el dolor reflejado en el rostro del que fue el comandante en jefe de la unidad desconfiguraba los rasgos del guerrero. El paquete intestinal de Gisaburo estaba desparramado por el suelo, el olor, la sangre y los efluvios internos daban muestra de lo que allí estaba sucediendo. Sodakichi levantó su katana sobre la cabeza de Gisaburo al tiempo que descargó un certero corte en el cuello del suicida dejando una pequeña franja de piel por delante con el fin de evitar que la cabeza de su amigo saliera volando en un gesto de deshonra.

ritual

Dieciocho compañeros más dejaron de sufrir tras el corte de la espada de Sodakichi, pero quedaba él. Presto a ejecutar el ritual, y sin Kaishakunin, Sodakichi Linuma emprendió el camino del rito en solitario sabiéndose destinado a sufrir durante horas el más de los atroces dolores.

- Las armas de fuego me hacen fuerte -dijo el príncipe Mutsuhito-, pero la fuerza de los guerreros no está en las balas de los Occidentales.comillas cerradas